Durante mi infancia en la Corea de la posguerra, recuerdo preguntar sobre una tradición que observaba: las mujeres que iban a dar a luz dejaban sus zapatos en el umbral y, tras atravesarlo, miraban hacia atrás con temor. “Se preguntan si alguna vez volverán a poder calzar esos zapatos”, me explicó mi madre.

Más de medio siglo después, ese recuerdo me sigue obsesionando. En las regiones pobres del mundo todavía hay mujeres que hoy en día corren el peligro de morir durante el parto. La mortalidad materna es uno de muchos peligros que podrían evitarse. Con demasiada frecuencia, las niñas recién nacidas son sometidas a la mutilación genital femenina. Las niñas son atacadas en su camino a la escuela. El cuerpo de las mujeres se utiliza en las guerras como un campo de batalla. Las viudas son rechazadas y se ven empobrecidas.

Sólo podemos hacer frente a estos problemas mediante el empoderamiento de las mujeres como agentes de cambio.

Durante más de nueve años, he puesto esta filosofía en práctica en las Naciones Unidas. Hemos quebrado tantos techos de cristal que hemos creado una alfombra de vidrios rotos. Ahora estamos barriendo las ideas preconcebidas y los prejuicios del pasado para que las mujeres puedan avanzar y cruzar nuevas fronteras.

Yo nombré a la primera mujer Comandante de una fuerza de efectivos de las Naciones Unidas, e impulsé la representación de la mujer en los niveles superiores de nuestra Organización hasta alcanzar dimensiones históricas. En la actualidad, las mujeres son líderes en el ámbito de la paz y la seguridad —una esfera que antaño fue del dominio exclusivo de los hombres. Cuando llegué a las Naciones Unidas, no había mujeres al mando de ninguna de nuestras misiones de paz sobre el terreno. Ahora, casi una cuarta parte de todas las misiones de las Naciones Unidas están dirigidas por mujeres— cifra que no es ni mucho menos suficiente, pero que representa una mejora considerable.


Las mujeres representan dos tercios del total de la población analfabeta del mundo, alertó hoy la Organización de la ONU para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Ese y otros datos se incluyen en un atlas en línea elaborado por el Instituto de Estadísticas de ese organismo publicado con motivo del Día Internacional de la Mujer, que se celebrará el 8 de marzo.

El mapa muestra que las niñas siguen siendo las primeras a quienes se les niega el derecho a la educación, a pesar de todos los esfuerzos realizados y los avances logrados en los últimos veinte años.

La desigualdad sigue siendo muy grande en los Estados árabes, África subsahariana y Asia Meridional y Occidental.

La UNESCO apuntó que de persistir esta tendencia, casi 16 millones de niñas de entre seis y 11 años nunca irán a la escuela primaria, en comparación con ocho millones de niños.

A la luz de estas cifras, la directora general de la UNESCO, Irina Bokova, afirmó que nunca se alcanzarán los Objetivos de Desarrollo Sostenible si no se logra vencer la discriminación y la pobreza que paralizan las vidas de las niñas y las mujeres de generación en generación.

Bokova instó a todos los Estados a trabajar a todos los niveles, desde la base social hasta los dirigentes mundiales, para hacer de la equidad y la integración los ejes de toda política, de modo que todas las niñas vayan a la escuela, prosigan sus estudios y lleguen a ser ciudadanas emancipadas.

El atlas electrónico mundial de la desigualdad de género en la educación muestra las brechas de género existentes desde la enseñanza primaria hasta la terciaria mediante los últimos datos disponibles. Muestra la trayectoria educativa de las niñas y niños de más de 200 países y territorios mediante un centenar de mapas y gráficos interactivos.

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